La comida que une

Mis tapas son las mejores de toda Cataluña, y podría matar a quien diga lo contrario.

Empecé mi actividad cuando tenía veinticinco años y mucha ganas de vivir y cambiar el mundo en

lo que era consciente de vivir.

Así, investí todos mis ahorros en este local de treinta y cinco metros cuadros, puse un rótulo

y me puse a trabajar en mi angosta cocina, ajetreando con ollas, cucharas, el cuello

perlado de sudor, las mangas enrolladas, durante horas, a levantarme temprano para recibir el pan

todavía caliente, introducir la llave en la cerradura, levantar la persiana metálica, irme a comprar los

tomates en el verdurero, la cerveza, el vino y otros ingredientes, volver a mi pequeña cocina,

cortar el pan en rodajas, la cebollas en círculos y hacer los tomates en puré; cocinarlos, y atender

hasta que, acercado el mediodía, los clientes hambrientos vengan a sentarse a mis mesitas, algunos

preguntando ‘lo habitual’, otros, ‘solo cocina española’, porque cansados de comer en fast foods.

A los turistas les gusta muchísimo cuando me siento con ellos hablando de cuanto es difícil vivir en

esta ciudad, de los inconvenientes de una mesclanza racial tan mixta, del peligro de la prostituciòn

y del bochorno veraniego.

Los locales miran divertidos mis entretenimientos y escuchan mis narraciones, de vez en cuando

interviniendo y socializando.

Me acuerdo de un día en que una chica alemana que estaba sentada sola y de un joven catalán que

me preguntó si podía llevarle a ella un plato de tapas porque quería invitárselas; volvieron juntos

cinco años después para agradecerme: ella tenía un chico entre los brazos y sonreía.

Lo que más me gusta cuando estoy ociosa es observar los comensales. Cada uno puede ser

descifrado desde sus acciones, manías y movimientos.

Por ejemplo, si un hombre viene a mi bar y pide una cerveza, y coge el vaso con una mano sola

teniendo la mirada bajada, seguramente es porque ha llegado al afán de la crisis, por su soledad

deprimente, su trabajo repetitivo y su piso vacío.

Y la chica que lee un libro filosófico en el cantón –siempre hay una – ahoga su paro en la lectura; el anciano que mira rendido al paisaje piensa en su vida inútil, los dedos cruzados; el estudiante

universitario que hojea el periódico en realidad no está leyéndolo del todo, sino está buscando con los ojos una coetánea guapa.

Y si nunca estáis malos, una buena tapa puede aliviar vuestra infelicidad.

Mis tapas son las mejores.

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